Sostener que el agro (o la agroindustria, como se dice hoy) es clave para Argentina no debería admitir tanto debate. No solo por su consabido aporte de dólares netos. También genera empleo, eslabonamientos con otros sectores, arraigo y mucho más. Los productores se sienten importantes, y vaya si lo son. Pero se sienten incomprendidos por la política, sobre todo por el peronismo. Sienten que, en vez de ser acompañados por las políticas, son saqueados (a veces, incluso, literalmente).

Deben ver como en Francia, donde el peso de su sector homólogo en menor en términos relativos, tiene otro tipo de impulso desde el Estado. Los productores siguen invirtiendo y produciendo (porque es lo que hacen) y la política, a veces más y a veces menos, opera de modo errático y acude al agro cuando las papas queman en Buenos Aires. El equilibrio es subóptimo y pocos podrían estar en desacuerdo con que el agro puede producir, cosecha y tecnificarse más con otro tipo de políticas. Tampoco podrían estar en desacuerdo con que la demanda mundial de “soft commodities” o productos más elaborados deseablemente será creciente.

Quién tiró la primera piedra y a quién le caben las responsabilidades es una discusión inconducente. Un tema, entre otros, es la comunicación del campo. El vínculo campo-ciudad, precisamente. Un diálogo, las más de las veces, de sordos. El contexto, aunque no deseado, impone un replanteo en la pampa gringa. En definitiva, la comunicación, como el tango, se baila de a dos.

En una interesante entrevista en Bichos de Campo, el analista Jorge Giacobbe describe que la relación está rota y que el agro debe reconstruirla para protegerse. Los chacareros, dice, “se auto perciben como si fueran héroes, porque arriesgan mucho con lo que hacen, porque agachan el lomo y le pusieron mucho valor agregado, porque crecieron en las últimas décadas sin ninguna ayuda del Estado o con la pata en la cabeza: esto es lo que ellos piensan de ellos mismos”.

Pero, agrega Giacobbe, “del otro lado hay una sociedad que los ve como antihéroes, que cree que son pocos y que se llevan los dólares, que son ricos, que no arriesgan nada, que las que trabajan son las máquinas, que el trabajo que producen es poco y de baja calidad, que negrean a la gente, que contaminan, que rocían a los niños con ‘agrotóxicos’ cuando están en el patio de una escuela y que producen alimentos que son transgénicos”. Esa creencia, agrega, crece entre los más jóvenes.

¿El productor agropecuario se considera víctima y la opinión pública lo considera victimario? “El productor cree que tiene el prestigio que puede tener un leñador canadiense o un bombero de Nueva York, y en realidad tiene el prestigio de un barco ballenero japonés. Esa diferencia de percepciones genera un problema que es muy importante resolver en estos tiempos, que es el problema del permiso social. Hoy nadie puede ejercer una actividad sin el permiso social o sin la anuencia de la sociedad. Si la sociedad está en contra, la política se va a aprovechar todo el tiempo. La gente cree que el campo paga pocos impuestos. En las encuestas, la mayoría nos responde que, si asumieran la Presidencia de la Argentina, le pondrían más impuestos al campo o se los dejarían tal cual están. Al campo le ponen más impuestos y lo agobian, pero no entiende que el plan de salida de esto no es hablando más con la política ni esperando que cambie el Gobierno para que haya un giro ideológico: el campo necesita una alianza con la opinión pública. El día que esta los proteja, el sistema política no le podrá tocar más el bolsillo ni podrá abusar más de ellos”, dice Giacobbe.

“Cuando un Gobierno le aumenta los impuestos al campo nadie dice nada porque la opinión pública está de acuerdo. Por eso pienso que el campo debe lograr la protección de la opinión pública para ser intocable. Sin embargo el campo insiste en seguir haciendo lobby con la política, la cual, además, cambia cada 4 años. Una alianza con la opinión pública es mucho más estable”, razona el lúcido analista.

El contexto, dice Giacobbe, amerita ese replanteo en el agro, aunque cause fastidio, suponga una actividad más o sientan que no es su tarea. “‘Giacobbe, ¿además de levantarme a las 5 de la mañana todos los días, además de agacharme para sembrar, para cosechar, de rezar para que llueva, de arreglar mis máquinas, además de todo el esfuerzo que tengo que hacer y de aportar los pocos dólares que entran, ¿tengo que convertirme en un sujeto comunicacional?’ Y yo tengo que decirle que sí, aunque suene cruel porque implica pedirle cada vez más. Pero es así, porque no dieron batalla, porque se dejaron ganar sin entrar siquiera al ring. Si vos querés convencer a alguien de su error, primero tenés que abrirle simbólicamente la tapa de la cabeza y ver cómo es esa maraña de mitos y prejuicios cual si fuera una bomba para ir desactivando uno a uno”, agrega.

En otra entrevista en Bichos de Campo, el analista Sergio Berensztein (que acaba de publicar “La primera revuelta fiscal de la Historia”, junto a María Elisa Peirano, sobre el conflicto de la 125), dice que “el campo nunca tuvo un lobby efectivo porque hay mucha fragmentación”.Una idea que plantea para recrear el diálogo campo-ciudad es que el campo debería favorecer que el ahorro urbano se canalice al campo. “Si un camionero, una maestra o un empleado público quieren beneficiarse directamente del agro, ¿cómo hacen? No pueden. Bueno, Si logras que la gente ahorre y se beneficie directamente, yo te aseguro que tendrás gente haciendo piquetes en contra de las retenciones en ruta 3 o en puente La Noria”, señala Berensztein.
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