La curiosa relación entre la indisciplina monetaria y el discurso del amo



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Por Marcelo Halperin (*)

¿Cuántas veces hemos leído y escuchado a políticos populistas invocando el círculo virtuoso que se desataría con sólo llenar de billetes los bolsillos de la gente? El aumento del consumo promovería una mayor producción y así se realimentaría el proceso económico en aras del bienestar tan ansiado por poblaciones empobrecidas y cada vez más numerosas.
Esta propuesta suele omitir mayores detalles acerca de cómo se originan los billetes. Aunque inverosímil, la promesa sigue teniendo asidero en el inconsciente colectivo toda vez que se cancela el principio de realidad no sólo circunscripto a la política monetaria sino más bien sobre el sistema económico y financiero internacional y el papel de los Estados nacionales en su funcionamiento.
En efecto, la producción discrecional de billetes es una fantasía que sólo puede urdirse desconociendo que los Estados nacionales, para subsistir como tales, deben operar dentro de determinados márgenes de maniobra cuya estrechez aumenta en la medida que no puedan arbitrar los precios de los bienes y servicios transables desde y hacia sus territorios.
En tal sentido, al recomponer el orden multilateral después de la segunda gran guerra, se acordó la creación del Fondo Monetario Internacional (FMI) como organismo púbico intergubernamental con el objeto de prestar asistencia financiera para estabilizar las balanzas de pagos. Pero su intervención está supeditada a una primera condicionalidad para los Estados beneficiarios y que podría sintetizarse como el imperativo de no exportar los propios desequilibrios. He aquí la justificación de los tan resistidos “ajustes”. Cada Estado debe hacerse cargo de sus propios desequilibrios.
Por otro lado, la capacidad para generar divisas está políticamente concentrada, no es negociable y viene impuesta como expresión del desequilibrio estructural del sistema. En el lenguaje financiero se la considera como suprema manifestación de “señoreaje”. Tal denominación con reminiscencia medieval nos retrotrae a la dialéctica hegeliana del amo y del esclavo, a su reconfiguración en el marxismo y luego en el psicoanálisis posfreudiano a propósito de los procesos discursivos y a sus remisiones sociales e institucionales.

Calamidad sanitaria y espejismo financiero
Como es sabido, el impacto económico y social de la pandemia del Covid-19 ha dado lugar a una colosal expansión del endeudamiento público. Esta forzada generación de liquidez golpea la integridad fiscal de países con fuertes pasivos presupuestarios preexistentes en sus cuentas, como es el caso de Argentina. Pero además ha tenido un efecto contraproducente sobre las poblaciones beneficiadas por el reparto de pequeños subsidios, en la medida que se recreó aquella promesa de bonanza como un “efecto demostración” de la verosimilitud asignada a la distribución gratuita de billetes. De ahí que resulte doblemente traumática la interrupción intempestiva de estas subvenciones concedidas al comienzo de los períodos de cuarentena.

¿Cómo explicar semejante culto a la creación de dinero por obra y gracia de gobernantes dispendiosos? Las fuentes hegelianas y marxistas confluyen cuando se trata de concebir a la falsa conciencia como una incapacidad para elaborar el auto-reconocimiento de la condición servil. Ante las dádivas, esta incapacidad podía dar lugar a elaboraciones sustitutivas de diversa entidad o “ideologías”. La inoculación del “cultivo de la tristeza” que advertía B. Spinoza en el Siglo XVII hacía del esclavo un hombre feliz: “…el esclavo es ciertamente aquel que se siente tanto mejor cuanto peor va todo. Peor va, más contento está”. Como resume Gilles Deleuze, “eso es el modo de existencia del esclavo” (“En medio de Spinoza”, Cactus, Buenos Aires 2008, páginas 91-92).

La dominación en el Siglo XXI
¿En qué han cambiado las cosas desde entonces? Hoy día tampoco parece haber demasiado lugar para reconocimientos individuales ni colectivos de la propia servidumbre con vistas a forjar una conciencia liberadora.  Pero los artilugios evasivos resultan todavía más comprometedores para la supervivencia. Las compulsiones cotidianas son tan asfixiantes que resulta casi imposible concebir algún escenario distinto al instalado. Así, ¿cómo reeditar aquel cultivo de la tristeza?
En el plano de la política económica internacional el intento de huida frente a las imposiciones sistémicas tiene un costo que va en aumento a medida que transcurre el tiempo de fuga. Estaría cumpliéndose la premonición de T. W. Adorno sobre la reducción de las ideologías a un simple “ruido”: “Rigurosamente hablando, hoy no hay ya casi teoría, y la ideología es como el ruido directamente producido por el mecanismo de la inevitable práctica” (en “Crítica Cultural y Sociedad”, Editorial Ariel, Barcelona 1970 página 222). Más aún, se hace difícil seguir cuestionando el fundamento epistemológico del estructural-funcionalismo: una concepción super-socializada del hombre que torna inconcebible cualquier escapatoria frente a las imposiciones ya internalizadas tanto por los sujetos a título individual como por las sociedades nacionales.
Con semejante marco no parece haber mejor remedio que apelar a un recurso simple y eficaz: la identificación con el amo. El esclavo debe creerse amo porque, como un verdadero amo, da órdenes a través de un lenguaje de puras consignas, pulsando  dispositivos electrónicos en su trabajo y en el ocio.

Y en un país periférico, esto es, imposibilitado de formar los precios para los productos del trabajo colectivo, el gobernante también puede ser amo fingiendo un “señoreaje” al emitir moneda envilecida.

NEGOCIACIÓN O RETICENCIA
Paradójicamente, los países periféricos cuyos gobiernos y poblaciones se tientan con el discurso y finalmente sucumben atraídos por el ensueño de una identificación con el amo tienen mayor dificultad a la hora de entablar negociaciones económicas y comerciales fructíferas ante países desarrollados con cuyas imágenes esos gobiernos y sus poblaciones intentan mimetizarse.
En una época signada por la necesidad de transar y cuando la materia negociada ya no conoce límites temáticos, el requisito indispensable para poder afrontar las tratativas es ante todo el del auto-reconocimiento: aceptar las propias limitaciones y luego contar con un frente interno unificado con el objeto de fijar órdenes de prioridad sobre las propias pretensiones y demandas. En estos casos el mensaje sería: “Podemos reconocer al amo, pero sus manipulaciones no nos han inhabilitado”. Precisamente los acuerdos de libre comercio de última generación, tan en boga, tienen por objeto establecer los términos iniciales de una gimnasia interactiva sobre toda la extensión de la materia negociada.
La reticencia para negociar es en cambio el resultado de la identificación con el amo, porque inhiben la capacidad política para el auto-reconocimiento: “…La paradoja que supone el hecho de que cuanto más uno se identifica, menos sabe quién es”  (Graciela Brodsky: “Epidemias actuales y angustia. La clínica psicoanalítica”, CIEC 2007 página 25).

En esta disyuntiva, el delirio de gobernantes erigidos en amos y la revuelta desesperada de poblaciones sometidas y engañadas son las dos caras de una misma impotencia estructural.

(*) Instituto de Integración Latinoamericana de la Universidad Nacional de La Plata
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